martes, 29 de mayo de 2012

Desgraciados como yo


"Tomen nota sobre el truco: por una cuarta parte de dólar les ofrezco instrucciones sobre cómo ser reseñista. Es fácil vender una reseña después de una sola lectura superficial del libro, un truco sencillo probablemente usado por la mayoría de los reseñistas de Los reconocimientos: leed por encima la novela, sin prestar mayor atención, pero cuidando de tomar nota de cada punto disperso que se le ocurra a vuestra dispersa mente. Después de "terminar" el libro, siempre se puede establecer alguna relación entre las notas (no importa lo incoherentes que sean). Lee de nuevo el blurb, consulta en tu lista numerada de clichés y decide cuál es el más adecuado. Ahora reescríbelo bien en jerga especializada y recuerda: tus lectores tampoco han leído aún el libro". (p. 42)

En 1955 se editó en EEUU la primera novela de William Gaddis, Los reconocimientos, un libro de casi mil páginas que a día de hoy es considerado una de las mayores novelas de la literatura norteamericana. Sin embargo, su tamaño y dificultad, cuando no la incompetencia profesional, echaron para atrás a la mayoría de los gacetilleros que la reseñaron en su momento, causando que un libro de una calidad sobresaliente apenas se vendiese. Un joven Jack Green leyó una de estas reseñas desfavorables y, por curiosidad, adquirió el libro. La evidencia de encontrarse ante una obra genial le hizo dedicar los números 12 a 14 de su fanzine newspaper a desmontar con minuciosidad, inteligencia y sentido del humor las cincuenta y pico críticas que recibió Los reconocimientos tras su aparición. el conjunto de estos textos fueron recogidos en el libelo ¡Despidan a esos desgraciados! (Fire the Bastards!).

Tras el exhaustivo repaso de todas las reseñas, Green ofrece un completo catálogo de los vicios, tics y rutas de escaqueo habituales en la crítica literaria. Desde fallos de comprensión a citas erróneas, pasando por la copia descarada de otras reseñas, las generalizaciones sin sentido, la falacia biográfica o el name-dropping con las supuestas influencias, los críticos encargados de analizar la novela no ahorraron ningún disparate a la hora de desprestigiar una obra que claramente les superaba como lectores, no digamos ya como críticos. Y es que la lectura atenta de las reseñas evidencia que buena parte de sus autores no había leído el libro. No hablo de los que confiesan no haber sido capaces de llegar a la mitad (unos cuantos) sino de los que ni siquiera se acercaron a él, tomando el material para su trabajo en parte de otras reseñas y en parte de la faja de Los reconocimientos. No puede decirse que su trabajo fuese mucho peor que el de los que habían empezado la novela.

Green se enfrenta con lucidez y mala uva a los tópicos que los reseñistas manejan despreocupadamente para alcanzar el número de palabras exigido. Entre otros clichés, desmonta el de "la primera novela", el de "la extensión", el de "lo ambicioso", el de "la falta de disciplina", el de "la erudición", o varios clichés que el autor denomina "de lo negativo", v. gr. "¡Cómo!, ¿no hay desenlace?". Todos responden a la falta de herramientas críticas a la hora de hacer frente a una verdadera obra de arte como Los reconocimientos en lugar de los insulsos best-sellers que hacen compañia en la cama a falta de algo mejor. Green da a las pifias nombres y apellidos, hace un recuento de las cagadas que corresponden a cada crítico y emite un fallo contundente pero justo: ¡despídanlo! Por inútil y por no hacer bien su trabajo. Su puntillosidad llega a extremos a menudo cómicos: una de los reseñistas se queja del grosor del libro de Gaddis y comenta: "(...) debe de pesar dos o tres kilos". Un lacónico Jack Green anota a pie de página: "1 kilo y 100 gramos" (p. 30).

El corrosivo análisis de ¡Despidan a esos desgraciados! sigue conservando una completa actualidad debido juntamente al rigor de sus planteamientos y a una pasión por la literatura que se traduce en un elogio del placer de la lectura y, sobre todo, de la relectura. Y supone un  latigazo necesario para los que, aunque sea de forma amateur, practicamos la crítica literaria. Una manera de recordarnos que en cualquier momento podemos ser el alguacil alguacilado y recibir un áspero correctivo por la falta de rigor. En mi caso, al hacer esto por placer, y no por obligación, al menos siempre leo hasta el final los libros que comento. Otra cosa es que sea parco en notas y me fíe demasiado de mi memoria. Ya habrá quien me lo eche en cara.


¡Despidan a esos desgraciados!, de Jack Green
Traducción de Rubén Martín Giráldez
Prólogo de José Luis Amores
205 pp.
Col. Héroes modernos
Alpha Decay

lunes, 28 de mayo de 2012

Mozart, o la alegría


La literatura engendrada por la vida y el carácter de Mozart, no ya por su obra, es formidable en extensión y abigarramiento. No es para menos: la evidencia de encontrarse ante un precocísimo genio del que puede decirse que respiraba música ha fascinado a todo aquél que se ha acercado a su figura. La variedad de interpretaciones ha dado lugar a una serie de tópicos difíciles de erradicar, como señala E. J. Rodríguez en un completo artículo biográfico. El gran mérito del Autorretrato de Mozart, de P. A. Balcells (Acantilado), es el de ofrecer un completo retrato del compositor en sus propias palabras y las de los que le conocieron, extractando citas de las distintas correspondencias y testimonios.

El pequeño Wolfgang daba muestras de una simpatía y extroversión naturales con todo aquél que le prestase atención. Y en su niñez y juventud puede decirse que toda Europa estaba pendiente de las proezas de ese niño que aventajaba en ciencia y gracia musicales a todos los compositores de Europa. El ojo certero de Leopold, su padre, adivinó rápidamente las posibilidades de negocio que se escondían detrás del talento de Wolfgang y juntos se lanzaron a recorrer el continente y las islas de punta a cabo.

El joven genio absorbía la admiración y las atenciones, correspondiéndolas como algo natural. Cuando Wolfgang dejó de ser un niño prodigio para convertirse en un competidor, los músicos de las cortes europeas recelaron de él. Además el público ya no le prestaba su atención incondicionalmente, lo que supuso un duro golpe para alguien que consideraba el reconocimiento y el afecto como elementos dados. Leopold quiso encarrilar el carácter de su hijo mediante amenazas, ruegos y chantajes sentimentales pero no había manera. Wolfgang mostraba una inquietante inconsciencia respecto al dinero. Prefería quedarse hasta tarde con amigos casuales, improvisando música y chistes escatológicos. Prestaba su dinero al primero que despertase su compasión y fantaseaba descabellados proyectos laborales que no resistían el primer comentario de su suspicaz padre. 

El carácter despreocupado e infantil de Wolfgang desesperaba a Leopold pero había un aspecto en el que el joven demostraba una inédita madurez y un orgullo férreo: la música. Desde muy temprano se había despertado en Wolfgang una lúcida conciencia de su propio valor y de la medida de su talento, superior a la de cualquier músico contemporáneo. Esta conciencia de sí chocaba con el rol subordinado que tenían los músicos en la sociedad de la época. Wolfgang tuvo fuertes encontronazos con las autoridades y se negaba a aceptar otro puesto que no fuese el más elevado, el único que, según él, correspondía a sus méritos: el de kapellmeister (maestro de capilla). 

Balcells desgrana otros muchos aspectos de la vida de Mozart como su relación con las hermanas Weber, su extremada facilidad para componer múscica de una belleza inaudita, sus exigencias materiales para representar adecuadamente sus obras, su amor por la ópera... Todo ello con un uso predominante de fuentes primarias, sobre todo las cartas intercambiadas por Wolfgang y Leopold. Un libro apasionante que presenta con amenidad el complejo carácter de uno de los mayores músicos de la historia.


Autorretrato de Mozart, de P. A. Balcells
457 pp.
El Acantilado

domingo, 27 de mayo de 2012

"Blood Rain": llueve sobre todos



Que los coreanos son unos maestros a la hora de realizar un thriller está sobradamente demostrado. Y después de ver Blood Rain (2005), de Kim Dae-seong, uno no puede sino ratificar este hecho. Bravo, coño, bravo.

A comienzos del s.XIX, en la pequeña isla de Donghwa, arde el barco que debía llevar el tributo al Emperador. El Gobierno envía al detective Won-Kyu para que investigue lo sucedido. La isla se ha enriquecido enormemente gracias a la industria papelera y el detective pronto se da cuenta de que todos los hechos, incluidos los atroces asesinatos que se van sucediendo, tiene que ver con Kang, antiguo patrón de la empresa que fue ejecutado por prestar ayuda a un católico. Por este crimen, el inquisidor imperial condenó a cada miembro de la familia de Kang a un tormento distinto. Ahora, un misterioso e implacable asesino está repitiendo esa cadena de atrocidades y el detective ha de pararlo.

La película va desgranando meticulosamente varios aspectos de la sociedad de entonces- y de la de ahora. En primer lugar, la superstición. El vicio de otorgarle un poder decisivo a los azares de la vida, restándole responsabilidad a las propias acciones. Y la consiguiente dependencia de talismanes y hechiceros (la hechicera de esta película es muy guapa, por cierto). Después tenemos el rechazo al capitalismo. El patrón Kang prestaba dinero a quien lo quisiera con unos intereses muy bajos, así que buena parte de la isla le debía dinero. Recuperar las letras de cambio es un buen móvil para asesinarlo- recordemos los estragos que esto mismo causó entre los judíos españoles. En tercer lugar aparece el delito religioso, representado por la ayuda prestada a los católicos. Esto se relaciona con la intensa xenofobia que recorre la isla, contra los forasteros en general y contra los occidentales en particular, siempre  sacudidos por ese miedo que parece común a todos los países asiáticos: la occidentalización.

Won-Kyu se enfrenta pues a un arduo problema. Concebido como una suerte de fray Guillermo de Baskerville asiático, su carácter no es lo único que recuerda a la novela de Eco: uno de los asesinados muere en una enorme tina, como uno de los personajes de El nombre de la rosa- si bien el crimen de Blood Rain es mucho más espectacular. A medida que avanza la película, la trama va tomando colores más oscuros para terminar en una visión tremendamente pesimista de la sociedad. Los nobles desprecian y pisotean al pueblo. El pueblo se deja arrastrar por sus pasiones convirtiéndose a menudo en populacho. Los intentos de mejora y de modernización de las relaciones sociales son sólo fachada, creando resentimiento y afán de venganza. Al final, todos los personajes aparecen degradados y propensos al crimen.

Una trama apasionante, con algún altibajo, una buena fotografía y una estupenda banda sonora hacen de ésta una película más que recomendable. No se la pierdan.

martes, 10 de abril de 2012

Are you experienced?



No mucho después de comenzar este blog, escribí un post que titulé El fulgor de la experiencia: sobre las mamis. Hablaba en él de la fascinación que las mujeres maduras ejercen sobre hombres más jovenes e, incluso, sobre muchachos, empezando por profesoras y madres de amigos. Me pareció identificar esa capacidad de seducción en las huellas que la experiencia iba marcando en la piel de la mujer madura, y en una cierta promesa de recreación de esa experiencia.

Así que me ha encantado leer una reflexión similar en la soberbias memorias de Martin Amis, tituladas, por si fuera poco, Experiencia. El autor habla de la separación de sus padres y del primer encuentro con Jane, la mujer con la que su padre, el escritor Kingsley Amis, tuvo la aventura amorosa que condujo a ello:

"Para mí hubiera sido una herejía inconcebible el admitir que pudiera existir una mujer más bella que mi madre. Pero aprecié de inmediato que Jane, además de ser también bella, era ciertamente una mujer con más experiencia. Y la experiencia cuenta en la atracción -absolutamente documentada- que siente el Hombre Joven respecto a la Mujer Madura. Y no es sólo una cuestión de experiencia sexual. La mujer madura lleva en ella el glamour y el misterio de la vida vivida: las gentes conocidas, los lugares vistos, las vivencias experimentadas. Jane había viajado, y a un alto nivel (bastante más alto que el de mi padre). Reconocí la atracción que ejercía sobre mí todo aquello, con sencilla resignación y sin sentirme en absoluto desleal con mi madre". (pág. 184)

jueves, 29 de marzo de 2012

Elogio de "The Good Wife"


En mi nuevo artículo en Jot Down recomiendo una serie cada vez más interesante: The Good Wife. Un reparto más que solvente y una trama desarrollada con habilidad van mostrando las presiones que la vida política inflige a la vida privada. Todo llevado con un tempo lento característico.


Elogio de The Good Wife

domingo, 19 de febrero de 2012

El escándalo "Salome"


El apasionante libro de Alex Ross El ruido eterno (The Rest is Noise es el título original) comienza un día de 1906 en Graz, Austria, donde los consagrados y los aspirantes de la escena musical de la época van a escuchar el estreno de Salome, de Richard Strauss. Gustav Mahler, Arnold Schönberg (aún escribía así su apellido) con su séquito y, tal vez, Adolf Hitler esperan con impaciencia el comienzo de una obra de la que se oyen rumores extraños y atrayentes. Y es que esta partitura áspera, disonante y sensual marca el arranque de la música del s. XX y el principio de la ruptura entre el público y la música "seria". La gente sale del teatro con sentimientos encontrados: ¿es esto la nueva música, esta mezcla de ruido y escabrosidad? Por su parte, los más jóvenes y osados ven una señalización del camino a seguir. El entusiasmo contagioso del libro de Ross empuja a escuchar la música que él tanto disfruta, haciendo un esfuerzo ante las ingratitudes de una música que chirría al oído desentrenado pero que luego ofrece un inagotable caudal de gozos. Para los curiosos (o, como yo, para los convencidos) enlazo el vídeo de la ópera completa, con subtítulos en inglés, dirigida por Karl Böhm. Bendito sea Youtube.

domingo, 12 de febrero de 2012

Going to California


Sigo con las estupendas Memorias de un liberal psicodélico, de Racionero. Un aspecto llama la atención en las mismas, siendo algo poco común en los españoles de la época y que, además, explica muchos aspectos de la trayectoria posterior del memorialista: su estancia como becado en Berkeley. Cuando uno lee acerca de la carrera de los españoles que estudiaron durante la dictadura, ve que los más inquietos de ellos, cuando querían escapar de la grisura española yéndose al extranjero, peregrinaban a Francia en busca de libertad de costumbres, de pluralismo político y, yo diría que sobre todo, de oportunidades de follar. Los hubo también que se fueron a Inglaterra o a Alemania, pero entre los intelectuales me da la impresión (no tengo datos para corroborarlo) de que París era el destino más buscado.

Racionero, en cambio, obtuvo la prestigiosa beca Fulbright y se fue a California a estudiar urbanismo. Allí se empapó de las costumbres americanas, tan distintas de las europeas, y de "otras" costumbres que iban más con esos años: el hippismo, las drogas, el amor libre, las tradiciones orientales. Conoció de primera mano el mundo de la contracultura y fue un pionero a la hora de introducir en España textos de ecologismo o de misticismo oriental. Escuchó de viva voz a gurús de la época como Krishnamurti o Timothy Leary y se inició en el camino de la búsqueda interior mediante la meditación y los alucinógenos. Racionero experimentó todos los aspectos de la contracultura californiana de la época y defiende sus propiedades con elocuencia, incluyendo pseudociencias tan infumables como la astrología. Así, uno no puede evitar torcer el gesto cuando el autor habla de "energía" y sentencia, con tono altivo, que las técnicas de meditación funcionan y punto. Bueno, podemos convenir que en su caso, dando por bueno su testimonio (no hay razones para dudarlo), sí que han funcionado y le han hecho algo más sabio. Pero no puede obviarse la enorme carga de irracionalismo y de superchería que conllevan estas enseñanzas, ni el peligro que supone el encadenamiento a cualquier tipo de gurú.




Cuando Racionero volvió a España en 1969 sus coordenadas mentales estaban bastante alejadas de las de sus contemporáneos. Para empezar, era de los pocos a los que la bacteria marxista no había afectado. En lugar del indigesto engrudo estructuralista-marxista que Francia exportaba en aquellos años (y hasta bastante más tarde), Racionero traía libros de Marcuse, Lao-Tsé o Alan Watts, de los que nadie había oído hablar (ni quería oír, aunque un tiempo más tarde subieran al hit-parade). Pocos de ellos habrán soportado el paso del tiempo pero en aquel momento eran una buena alternativa al discurso dominante. Además, había un factor químico que diferenciaba al movimiento hippy de los otras: el uso de drogas psicodélicas, en especial el LSD, sintetizado por el químico suizo Hoffman (a quien entrevistaron Fernando Sánchez-Dragó, Escohotado, Savater y Racionero, entre otros; cuelgo el vídeo arriba), cuando la generación anterior buscaba el paraíso artificial sobre todo en el alcohol. Sin embargo, los hippies pecaron de abuso con una sustancia que, como cualquiera de los pensadores anteriores reconoce, no es para todo el mundo, aun cuando alaben encarecidamente sus virtudes. Todo ello, en fin, contribuía a diferenciar la experiencia californiana de Racionero del ambiente tétricamente parisino (discursos ininteligibles, angustia existencial, marxismo) que imperaba entonces (para abundar en el tema recomiendo el muy interesante Filosofías del underground, que Racionero publicó por aquellos años). La liberación de la costa Oeste sigue cautivando hoy día (con un punto de falsa nostalgia, me parece), como recordarán los seguidores de Mad Men con el viaje de Don a California, o los que hayan disfrutado con Six Feet Under y los numerosos motivos sesenteros que Alan Ball incluye en su obra maestra.

Unas memorias, en fin, muy interesantes, y con algún que otro zarpazo, como los dedicados a Gimferrer (aunque quien haya leído las memorias de Mario Muchnik ya tendrá una imagen bastante demoledora del tipo, aun admirando su obra de poeta) o al difunto Tàpies (como "siniestro pesetero" le califica el autor en un momento dado). Racionero hace gala de una prosa rica y ágil, de talento para las anécdotas y de hondura reflexiva. Un lujo.

Luis Racionero, Memorias de un liberal psicodélico
406 pp.
Narrativas
RBA


viernes, 10 de febrero de 2012

Sixties

Leyendo las memorias de Luis Racionero Memorias de un liberal psicodélico, pongo algunas de las canciones que seguro acompañaron al autor en su juventud en Berkeley. Mañana comentaré algunos aspectos del libro con más detalle.






lunes, 6 de febrero de 2012

Mi contingencia y yo


Leyendo el interesante libro de Odo Marquard Apología de lo contingente encuentra uno más de una idea propicia para un largo rumiar. Desde el principio despierta simpatía el posicionamiento escéptico del filósofo alemán, en la línea del porquero de Agamenón: "No me convence". Esta resistencia a dejarse convencer viene de perlas para juzgar con un poco de distancia la avalancha de cambios que, cada vez a más velocidad, trastocan todas nuestros hábitos sustituyéndolos por otros que no ha habido ocasión de ponderar. Y es que las costumbres no son sólo un refugio de prejuicios heredados, como esos trastos viejos que no sabemos dónde meter pero que nos da pena tirar; también son un conjunto de hábitos desbastados por el uso que a menudo contienen refinadas indicaciones de buen vivir. 

Marquard prefiere declararse conservador a admitir que cualquier cambio es bueno a priori. La suposición de que todo cambio supone una mejora respecto al estado anterior le parece una refundición ilustrada de la teodicea leibniziana. No duda en mantenerse escéptico respecto al progreso, evitando considerar las generaciones pasadas como simples peldaños destinados a la felicidad de sus sucesoras (Marquard no lo nombra, pero estas reflexiones hacen pensar inmediatamente en Walter Benjamin y su Ángel de la Historia). Frente a esto hay que recordar la nunca suficientemente repetida máxima de Kant: Tratar al prójimo como un fin, no como un medio. Y Marquard, provocadoramente, destaca el carácter burgués de la Ilustración, cuyos objetivos sólo se cumplen cuando las reformas se llevan a cabo gradualmente, esto es, cuando se alejan del frenesí revolucionario.

Es una característica definitoria del escéptico el evitar los llamados grandes relatos en favor de otras historias más modestas pero, sin duda, más humanas: la pluralidad de vidas, de intereses y de pasiones merecen desarrollarse libremente, sin que el aplanamiento uniformador de la ideología enseñe a nadie cómo vivir y cómo ser (o no) feliz. Así, la filosofía da vueltas sobre cuestiones a ras de vida, que a todos inmiscuyen. No se deja a nadie atrás. Pero un ojo atento descubre vicios que lastran los avances morales de la sociedad, como por ejemplo cierta tendencia a darle la vuelta a los cambios positivos para pasar a verlos como males:

dicho de una manera abstracta: el descargo de lo negativo (precisamente él) predispone a la negativización de lo que descarga. Pues, y ésta es una de las grandes causas de miedo en nuestra época, se tiene miedo a lo que le evita a uno los miedos, justamente porque le evita a uno los miedos: pues precisamente el miedo destituido realmente se pone a buscar ocasiones para tener miedo, y las encuentra casi a cualquier precio: finalmente, en la propia cultura desarrollada. Cuantos más horrores borra el mundo moderno, tanto más se le cuelgan horrores a él mismo, si hace falta (porque no se encuentran bastantes en el propio país) recurriendo al turismo exótico de confirmación de los horrores. Cuanto más éxito tiene la técnica en la aligeración de la vida, con tantos menos frenos pasa a ser considerada una complicación de la vida; y cuanta más protección del medio ambiente posibilita de hecho, tanto más es declarada una molestia para el medio ambiente. Y de manera análoga: cuanto más efectivamente produce bienestar el capitalismo, tanto más enérgicamente es nombrado un mal; cuantos más problemas resuelve el mercado, tanto más parece un problema él mismo; y se es amable con él sólo porque los socialismos planificadores resuelven peor estos problemas. (pp. 103-104)

Todo ello con un estilo ágil y, lo que no es habitual, con una gran ironía. Si pueden hacerse con algún libro de este relativo desconocido en España, no lo duden.


Odo Marquard, Apología de lo contingente. Estudios filosóficos
Traducción de Jorge Navarro Pérez
151 pp.
Colección Novatores
Institució Alfons el Magnànim

viernes, 3 de febrero de 2012

Castellio contra Calvino


En mi nuevo artículo en Jot Down hablo del magnífico libro de Stefan Zweig Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia (Acantilado). La dura lucha por la tolerancia religiosa en Europa. Lutero dió un soplo de aire fresco a la vida religiosa europea abogando por la libre interpretacion de la Biblia pero, pocos años más tarde, Ginebra sufría la implacable teocracia de Calvino. Pocos hombres osaron enfrentarse al tirano y tal vez el más destacado fuese el sabio Sebastian Castellio, quien redactó elocuentes escritos defendiendo la libertd de pensamiento y atacando el despotismo calvinista que llevó a la hoguera a Miguel Servet. 

Stefan Zweig: Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia